viernes, 11 de abril de 2014
Ese perro tiene la cola peluda
Vaciamos y llenamos casas, habitaciones, autos, cajas, cajones, y todavía seguimos rearmando. Crucé un par de puertas al lado de mi vieja soltera y cuasi-revolucionaria. El tiempo me dejó en un pasillo llorando con una almohada porque ya era demasiado grande para dormir en el brazo de mi papá. Confundí compañerismo e idolatría con amor... varias veces. Lloré de rabia, de angustia, de miedo, de soledad, de desesperación, de amor, de risa, de ebria, de alegría, de vida, de vacío. Se me concedió mi propio tierno y ágil machista con doce años menos para llevar a todos lados. Leí todo lo que pude engullir y escupí sobre mis restos. Me enseñaron a abrazar. Uno que otro idiota que todavía se mide la pija para probarse que puede hacer magia. Un país joven lleno de jóvenes promesas se llevó a mi hermano del alma. Caminé largas tardes lisérgicas al sol. Desperté una noche sabiendo quién eras y te amé o quise huir, dependiendo de la luna y el frío que recorriese la cama. Me sentí una leona, una lombriz, un vaso roto, un fénix, nadie, como ninguna, una puta. El pañuelo en el que vivo se dobló, lo mojamos, se rompió, lo usaron para limpiar un par de cagadas y, ahora, se quedó al sol esperando que el viento y el tiempo lo limpien un poco. Te encontré y te perdí (a vos, a ella, a él... a varios). Me hundí en lugares donde casi me quedo pidiendo flores. Resurgí y me perdí en los conceptos de bondad y tranquilidad. Me cansé de ser una "Traviata" por la vida que se siente ignorada por un gato y me tiré al vacío. No veo, escucho el silencio que antecede el inicio o el fin, un poco de sabor a limón en mi boca me hace sonreír. Soy una idiota, pero todavía queda la capacidad de amar y de saltar.
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